“Épica Chistosa”
Por la tierra, el caballero,
cabalgaba en su corcel,
empuñando un buen acero,
en busca de un ciempiés.
No uno cualquiera,
un bicho gigante,
que sembraba destrucción
allá donde pasase.
Y trotó por mil infiernos
de muerte y desolación:
el rastro que seguía,
que su enemigo dejó.
Con el caballo cojo
y la armadura abollada,
de caídas en galopada,
a un oscuro antro llegaba.
Sumergida en una montaña,
la bestia dormía.
Desde la negra cueva
sus ronquidos se oían.
Con paso sigiloso
el caballero se adentraba,
en pos de las criatura
que dulcemente descansaba.
El miedo le atenazó
cuando la vio tumbada,
con sus fauces abiertas
y diez mil patas levantadas.
En presurosa fuga,
tropezó con una piedra.
El ruido de la armadura
despertó a aquella fiera.
Cien metros de largo
parecía medir.
Y una fuerza capaz
de en dos el Mundo partir.
Su rugido estremecía
las paredes cavernosas
y el oído del pobre hombre,
que rezaba cualquier cosa.
En la locura de su miedo,
el caballero un tajo lanzó,
cortando varias patas
del bicho, que más se enfureció.
Atinó a echar a correr
en dirección a la salida.
La criatura era ciega,
pero sus pasos oía.
En su carrera,
su espada perdió.
Ésta voló en la negrura
y a la bestia apuñaló.
Herido en el corazón,
el monstruo gimió
y en pos de su atacante
lanzó su último ataque.
El caballero saltaba
al exterior, mientras caía,
a su espalda, la montaña
por la dura embestida.
Subido en su caballo,
que cojeaba más que antes,
volvía, victorioso,
el galante caballero andante.



