-Hola, sí, bueno, me llamo Daniel... ehm... hace ya tres semanas que no bebo... –dijo con firmeza frente al charco que hacía las veces de espejo. Su pelo largo y sucio caía sobre sus hombros sin ningún orden aparente, a juego con su barba de varios días. Había intentado afeitarse un par de veces con un trozo de cristal, pero los numerosos cortes que decoraban su cara servían como prueba del fracaso, por lo que ahora se limitaba a esperar la aparición de otra cuchilla desechable en su cubo de basura particular, al que llamaba Wilson.
-No pierdas la esperanza, Dúrilan, puede que… –dijo Wilson intentando animarlo.
-Cállate, Wilson, no utilices ese nombre en público. Además, los cubos de basura no hablan –exclamó Daniel con voz ronca, producto del alcohol y las noches gritando a otros vagabundos-. No voy a engañar a nadie con eso de las tres semanas. Cualquiera que huela mi aliento sabría que me he bebido al menos media botella de whisky esta mañana y te juro por la madre que me parió que me beberé la otra mitad antes de la reunión de depresivos a la que me obligas a ir.
-Sabes que es por tu bien –replicó Wilson a la defensiva.
Daniel volvió a mirar su reflejo en el charco. Era un vagabundo cualquiera, un hombre gordo y sucio de unos cuarenta años cuya sonrisa podría dejar inconsciente a un caballo de la impresión. Lo único que le gustaba eran sus ojos, claros como el cielo, con las pupilas siempre empequeñecidas por alguna extraña razón que le era desconocida.
Su sombra se iba alargando cada vez más a medida que el sol se ocultaba tras el horizonte.
-Ya es hora de que vayas yendo –le recordó el cubo de basura. Las últimas luces del día se reflejaban en su superficie metálica resaltando la pintura desconchada y el óxido, símbolos de vejez y sabiduría entre los de su clase.
Daniel le dirigió una mirada asesina a su compañero de callejón antes de recoger la botella de whisky barato del suelo y salir de su hogar arrastrando los pies. No soportaba las reuniones de alcohólicos: eran aburridas y la mitad de los que asistían estaban locos, especialmente el viejo Marapato, que creía que podía hablar con los gatos. Wilson y él se habían reído durante horas de la estupidez del viejo chiflado.Tomó un trago de la botella y dejó que el líquido pasase lentamente por su garganta.
-Esta mierda sigue jodiéndome el estómago. Un día de estos dejaré de beberlo –no recordaba cuándo fue la primera vez que se hizo esa promesa, pero ésta iba en serio. No podía seguir como hasta ahora.
Tomó otro trago de la botella y volvió a dejar que el líquido pasase lentamente por su garganta.
El sol ya se había escondido por completo y la única luz que quedaba era la de la Luna, que conseguía aportar cierto carácter fantasmagórico a la ciudad. Las pocas farolas que el ayuntamiento había decidido colocar en ese barrio las habían roto a pedradas el primer día. Había sido divertido, pero por culpa de eso ahora no veía una mierda. Otros se quejaban también de que las calles eran más inseguras, pero nadie atracaba jamás a un vagabundo. Ventajas del oficio.
Como si hubiesen leído sus pensamientos, hasta él llego el eco de un grito. Fue un grito agudo y corto, de mujer sin lugar a dudas, y lo suficientemente fuerte como para lo que lo oyese todo el barrio, pero sabía que nadie acudiría para ayudar. O quizá sí.
Con un gesto ligeramente teatral, se abrió la camisa revelando la jungla de pelos que bajo ella se ocultaba, símbolo del macho, como solía comentarle a Wilson.
-Sólo hay una persona capaz de realizar esta difícil misión –dijo mientras se ataba las mangas de la camisa alrededor del cuello para que quedase colgando como una capa y sacaba un antifaz hecho con un viejo trozo de tela del bolsillo-. Dúrilan.
Así, con su pelambrera por delante y su sagrada botella en la mano, se adentró en la oscuridad de los callejones en busca del peligro. Sus sentidos, amplificados por los milagrosos efectos del brebaje, detectaron enseguida la presencia de alguien a unos cien metros frente a él. Las paredes resonaban con sus pisadas y todas las ratas se apartaban asustadas a su paso. Era Dúrilan, el protector de los indefensos, el defensor del desvalido, el vengador del pueblo…
Una rata no consiguió apartarse a tiempo y explotó bajo el peso de su bota.…
el justiciero de las calles, el guerrero oscuro y el temor de los malvados.
No tardó mucho tiempo en llegar a su destino y una vez allí encontró justamente lo que sospechaba desde un principio.
Acurrucada en una esquina, con las ropas desgarradas y el miedo reflejado en sus ojos, estaba la bella doncella. Su largo pelo negro caía desparramado sobre su cara, por la que se deslizaban un par de solitarias lágrimas que iban a parar a un impresionante busto que nuestro héroe contempló maravillado unos segundos.
Con gran pesar tuvo que cesar en la contemplación de aquella obra de arte para centrar su atención en el malvado opresor que, de pie frente a ella, soltaba improperios que debería haber evitado en presencia de una damisela.
-¡Quieto ahí, rufián! –exclamó Dúrilan con su voz de trueno.
-¿Y tú quién coño eres? –preguntó el infame notando al fin su presencia. Debía de medir al menos metro y medio y sus delgados brazos colgaban flácidos a ambos lados de su cuerpo. Más le valía tener cuidado ante un enemigo tan peligroso.
-Soy Dúrilan, el protector de los indefensos, el defensor del desvalido, el vengador del pueblo, el justiciero de las calles...
-¿Eres gilipollas? –interrumpió el otro.
-No, pero también soy el guerrero oscuro y el temor de los malvados –añadió, terminando así su larga lista de títulos, todos ellos ganados con honor y honradez.
-¿Enserio? Pues ahora vete. Y tú, puta, más te vale que empieces a trabajar.
Tremenda fue la ira que sintió el paladín ante semejante osadía.
-Puedo permitir que me insultéis a mí, pero jamás dejaré que abuséis de una joven y virginal doncella –dijo Dúrilan mientras apoyaba en el suelo la botella y saltaba sobre el canalla para enzarzarse en un feroz duelo. Su oponente apenas pudo repetir con sorna la palabra “virginal” antes de que el valiente guerrero cayese sobre él con todo el peso de la justicia, aproximadamente unos 103 kilogramos.
Ambos contrincantes rodaron por el suelo en medio de una lluvia de puñetazos. A pesar del elemento sorpresa que había aprovechado el intrépido Dúrilan, el inicuo hombrecillo consiguió dejarlo inmovilizado contra el suelo con la fuerza de sus poderosos, aunque engañosamente pequeños, brazos.
Ya veía nuestro héroe cernirse la derrota sobre él como un buitre hambriento cuando descubrió que a su lado reposaba la botella que había traído consigo. Estirando la mano la cogió con la punta de los dedos y, tras apurar el último trago del mágico líquido, destrozó el recipiente vacío contra la cabeza del bellaco, dejándolo inconciente.
Y fue así como Dúrilan, el protector de los indefensos, el defensor del desvalido, el vengador del pueblo, el justiciero de las calles, el guerrero oscuro y el temor de los malvados se levantó victorioso del suelo para acercarse a la doncella de increíble busto, que levantó sus ojos, negros como una noche sin estrellas, para admirarlo.
-Hola, sí, bueno, me llamo Daniel... ehm... hace ya tres semanas que no bebo...
Fin
Bueno, ésta fantástica y humorística aventura, es el relato que hizo sobre mí el forero Saltrambas en el Reto del
Foro Fantasía Épica. Me encanta. No porque hable de mí, sino por la manera en la que lo hace, está muy bien escrito, y no me extraña nada que haya quedado en primer lugar, con los golpes de risa que tiene. Me parece muy graciosa la caricatura que hace de mí, una especie de Don Quijote del siglo XI, me recuerda mucho al libro "La Conjura de los Necios". Espero que os guste el escrito, aunque opino que encantará a cualquiera que lo lea.