Herejías
“Padre clemente y amigo,
tenme en hora y escúchame,
pues quejas tengo del cielo,
¡teme el brazo y ayúdame!
Sacerdote casto y alto,
no deseches mi sinsabor.
Dad consejo a este triste
que no encuentra de Dios razón”.
“¡Hijo mío, por Dios Cristo!
¡No blasfemes en su nombre!
Mira que por cosa menor
perecieron otros hombres”.
“¡Y blasfemia fuese, padre,
pero yo no he dicho insulto!
Os pido razón de logia,
con el temor en un puño”.
“¡Pues no temas, buen hermano,
que razón te da la Biblia!
¡Y los filósofos de Dios,
que del Señor son escribas!
¡Lee las sacras palabras,
que allí tú verás Su razón!”
Y se marcha el buen feligrés
en pos del Verbo de su Dios.
Y lee Sus versículos,
y el verso de Sus poetas,
y su lógica y reflexión,
pero a su Señor no encuentra.
Va, y se mueve por el pueblo
entre las malas miradas.
Nadie le dice el saludo
y todos le dan la espalda.
“¡Padre, por favor, consejo,
que no encontré razón de Dios!
Toda la gente me quita
el saludo como el adiós.
¡Sacerdote casto y alto,
ayúdame a dar con ella!
¡Dame motivo pensante,
que no es ciega mi creencia!”
“¡Hijo, y quién te entendería,
si no es dogmática tu fe!
Si es así la Ley del Señor,
no necesitas comprender.
Se cree y ya está el Verbo de Dios,
más allá de razón está.
Por eso tan mal te tratan
y no te quieren saludar”.
“¡Padre, hermano, sacerdote,
eso no lo puedo acatar!
¡Que lo que no tiene razón
no lo soy capaz de pensar!”
“¡Ay, buen hijo, yo, consejo,
en tal caso no lo sé dar!
Consultaré yo al buen pueblo
por llegar al bien comunal”.
Pero el pueblo es sacro y duro,
sangriento como los lobos.
“¡Partidle todos los huesos,
sacadle la piel del rostro!”
“¡Hermanos, hijos beatos,
yo os arengo a estar calmos!
¡Que si éste perdió el camino,
quiere volver a encontrarlo!
¡Pide lógica, y Dios sabe
que yo no se la sabré dar!
¡Pero le guiaré hasta el Señor,
por que Él sí se la dará!
¡Así que, rápido, hermanos,
beatos y fervorosos!
¡Levantad una gran pira
que dé a las almas reposo!
¡Pues serán las llamas vivas
las que impulsen al pecador
al seno y a los motivos
esplendorosos del Señor!
Y así queda el pueblo calmo,
y habrá respuesta del ruego,
pues tendrá el pecador razón
de Dios tras pasar el fuego”.
Cuelgo este poemilla, más alegórico y legendario que otra cosa; pues realmente en la época en la que se prendía a la gente como las cerillas por herejía la mayoría no sabía leer, ni creo que los curas fuesen tan pedantes y zalameros, asímismo como tampoco iría ningún fiel dudoso de Dios a rendirle cuentas al cura ni a pedirle socorro por su duda, y menos con ideas de desarrollo y divulgación posteriores a tales épocas. Aunque sí he intentado captar cómo se marginaba y perseguía al que se salía de la norma y la sociedad se deshacía de él lo más cruelmente posible, como si le hiciesen un favor, con toda la piedad y la clemencia del mundo. Más triste es que esto siga pasando, en forma más o menos radical en unos lugares u otros, pero se sigue dando. Espero que os guste.

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